¿Qué edad tiene usted? ¿Cuarenta? ¿Cincuenta? Si es así, permítame contarle la historia de cómo ocurrió todo. Le explicaré como ocurrió el gran cambio. Usted estaba allí cuando sucedió, pero no se dio cuenta. Estaba mirando en otra dirección. Así que preste atención.
Creo que ocurrió alrededor de los noventa. O tal vez comenzó en los ochenta, pero no lo percibimos hasta mucho después. Fue como una ofensiva militar, un ataque en pinza. Uno desde occidente y el otro desde oriente. Sin previo aviso.
Empecemos con el occidental.
Los dibujos atrapan a la realidad
En un momento dado, los niños se tiraban ante el televisor para observar a un gato y a un ratón hacerse perrerías. En aquel entonces a esto se le llamaba “ver los dibujos”, y era algo que hacían los niños para entretenerse mientras los padres intentaban disfrutar de la vida un rato.
Algún tiempo después, sin embargo, los niños que observaban al gato y al ratón estaban dentro del televisor. El telespectador se observaba a sí mismo. Habían llegado Los Simpson.
Enmascarado tras un formato tradicionalmente infantil, en un principio los padres no se dieron cuenta. “¿Qué hacen los niños?” pregunta ella, mientras cocina. El padre, desganado, deja la cerveza y se asoma al salón. “Ven los dibujos” comenta, y vuelve a la cocina y a la cerveza. Todo va bien. Solo son dibujos.
Si el padre se hubiese detenido a examinar la caja tonta se habría dado cuenta que estaba dentro. Allí. Gordo, calvo y con una cerveza. “¿Qué hacen los niños” pregunta Marche. Homer se asoma a la ventana. La luz de un rayo ilumina el interior de la casa-árbol del jardín, donde Milhouse y Bart pelean a muerte por un tebeo. “Están bien” constata Homer. Vuelta a la tele y a la cerveza.
Y ambos tenían más razón que un santo. Los niños estaban bien. Crecerían aprendiendo todo lo esencial que había que aprender de nuestra sociedad a través de los habitantes de Springfield. Nunca le agradeceremos bastante a la computadora que dirige la programación de Antena 3 el haberse colgado en un bucle que nos ofrece, año tras año, todo la gama del sentido del humor, desde el más inteligente y sutil al más chabacano, pasando por el absurdo, comprimido en media hora de animación – con el peaje, eso sí, de otra media hora de publicidad-.
Y desde entonces hasta ahora, veinte años. Hacia la decimo quinta temporada vendrían los South Park, Futurama, Padre de familia, y otras, pero el camino lo habían abierto y recorrido la familia amarilla que ya es un icono cultural. Los primeros en demostrar que los dibujos animados, bajo su imagen pueril, pueden usarse como medio para enviar los mensajes más lúcidos y subversivos.
Hoy en día cada estreno en la gran pantalla de Disney, Pixar y compañía, lleva un guión, una historia, que narran historias para niños… con humor para adultos. El doble de público potencial: éxito garantizado.
Y fue así como hemos pasamos de “los dibujos” a la Animación.
El ataque oriental
Unos años antes de que los Simpson llegasen a las pantallas, en Japón veía la luz Akira.
El fenómeno manga cruzaba las fronteras niponas, y desembarcaba en occidente a través de los niños, cuyo inconsciente quedo irremisible colonizado por aquella animación extrema. Créanme que fue así. Lo sé: yo era una de esos niños.
Nosotros nos dimos cuenta en seguida: aquello era otra cosa. ¿Qué era el coyote, cayendo en un precipicio interminable para estamparse en el suelo, que Tom y Jerry, con sus golpes de mentira y sus enormes chichones? He aquí unos dibujos que te mostraban esa misma violencia… pero con consecuencias.
Porque, no nos engañemos, los dibujos clásicos siempre fueron sádicos: Mortadelo y Filemón también destruían edificios; eran aplastados por escombros; les quemanban, les empalaban, les disparaban… Luego salían cubiertos de vendas, perseguidos por el super, y en la siguiente página ya estaban frescos como una rosa para volver a empezar. Como nuevos.
En el manga, en cambio, una explosión podía acabar – suele acabar – con gente muerta. Las Katanas de los samuráis desmembraban a la gente que, en lugar de enfadarse cómicamente, agonizaban y morían. Y los protagonistas de estas historias tenían miedo. Existía una autentica carga dramática porque los personajes no eran invulnerables, ni mucho menos. Y donde Superman y Batman llegaban siempre al final de la historieta victoriosos y sin un rasguño ni un cabello despeinado, el héroe manga alcanzaba el clímax destrozado, casi agonizando.
Y, siendo lo más llamativo, la violencia no era lo único. A la larga, ni siquiera lo más fascinante. Lo que realmente atrapó a mi generación, película a película, episodio tras episodio, era unos personajes que evolucionaban: el héroe o la heroína no nacían; se hacía. Adquirían sus poderes a través del sufrimiento y el entrenamiento, y no se quedaban estancados ahí. Siempre tenían que hacerse más fuertes para alcanzar a hacer frente a unos adversarios que también aumentaba de forma correlativa su poder. Por otro lado, los amigos podían volverse enemigos, o el viejo adversario podía convertirse en el mejor de los aliados cuando surgía un enemigo común.
Y además estaba el sexo: desde el meramente sugerido – esas chicas con rostros perfectos y pechos exuberantes – hasta el más brutal y desatado – las mismas chicas de antes violadas por un monstruo dotado de tentáculos fálicos -.
Y es que la hermética e hiper reprimida sociedad japonesa, en busca de una vía de escape a su rígida y asfixiante realidad, había descubierto que los dibujos eran el vehículo perfecto para narrar las historias más extremas: al ser simples esbozos sobre el papel o el fotograma podías hacerle cualquier cosa al personaje.
Para muestra de lo dicho, un ejemplo: En el último torneo de Bola de Dragón – antes de la Z-, Piccolo lanzaba un ataque a Son Goku que le dejaba una herida… que digo una herida, un autentico boquete en el pecho a través del cual podía, incluso, verse el paisaje, los espectadores y la línea del horizonte al fondo. “Estas acabado” afirma Piccolo, sonriendo. ¡Difícil no estar de acuerdo, ¿verdad?! Pero entonces Goku se llevaba la mano agujero y le devolvía la sonrisa. “No me has dado en ningún punto vital” responde. Con un par de cojones, sí señor. Y en las casas, miles de niños arrobados mientras abrazan con fuerza el cojín.
¿Cómo podría hacerse esta misma secuencia con actores de carne y hueso sin caer en el más absoluto ridículo? La respuesta es obvia: no se puede. Por eso todas las películas basadas en mangas resultan un fracaso.
Y ya que estamos, tampoco podría el director de turno plantarse ante la actriz hollywoodiense, guión en mano, y decirle: “Por cierto, en la siguiente toma cinco monstruos te arrancan la ropa y te violan durante diez o quince minutos, aproximadamente. Rodaremos la escena de cerca y en detalle, por lo que el sexo será de verdad; ¿te apetece rodarlo toma a toma, o todo del tirón?”. Sin embargo, es lo que aparecía en la ya clásica serie Urutsukidoji, donde había una escena como la descrita, al menos, una vez por episodio.
Todo esto no sería muy relevante si no fuera porque dicha serie fue comprada por los directivos de La 2 – ya sabe usted, la de las documentales – que pensaron: “¿Dibujitos japoneses? ¿Es Heidi o Marco? Bueno, da igual. Emitidlo por las tardes, cuando los críos hayan llegado del colegio”. Y así se hizo durante nueve largos episodios hasta que alguna escena de sodomía acabó traumatizando a algún padre – a los niños, curiosamente, no les traumatizó en absoluto- que demandó a RTVE para que lo retiraran de antena. (Hay que decir que esto nunca abría pasado en Japón; allí, por tener el hábito de examinar los programas antes de emitirlos, sabían de sobras que semejante material solo podía ser emitido de madrugada)
Pero, por supuesto, eso ocurrió en otra época. Cuando los adultos aún pensaban que los dibujos eran para niños, pero los niños ya veíamos Animación.
